Dejé mi trabajo y tengo la agenda vacía.
Enmascaramiento, alexitimia, medicación y una decisión.
Dejé mi trabajo en relación de dependencia y no tengo ni medio consultante.
Entre tanto vaivén emocional y un contexto raro. Terminé haciéndome estudios para conocer mi diagnóstico respecto a una posibilidad de ser neurodivergente.
La realidad es que la medicación psiquiátrica no me estaba (ni está) haciendo mucho. No sé. Creo que todo también dependía de tomar una decisión y no tanto de la medicación…
En definitiva, no soy autista. Pero sí tengo rasgos. No viene a cuento quizás pero a mi me sirvió saberlo para entender que a nivel sensorial experimento el mundo y sus estímulos de otra manera.
No podía subirme al metro. No podía estar en lugares demasiado concurridos. Luces, música, el murmullo constante, la demanda constante de clientes, compañeros y jefes. sostener eso durante años fue lo que me llevó al quiebre.
Tener información certera sobre cómo proceso el mundo me ayudó a poder calibrarme y entender qué me estaba sucediendo.
Los estudios tardaron meses. Test de inteligencia, cuestionarios de sensibilidad sensorial, entrevistas, una prueba de observación específica para autismo. Tests y formularios que rellenaron mi vieja y mi hermana, mi novio y Flor, una de mis compis de piso.
Todo para llegar a esto: no cumplo los criterios para un diagnóstico de espectro autista, pero tengo rasgos que se solapan bastante con ese perfil: alta sensibilidad sensorial, dificultad para poner en palabras lo que siento en el momento (no para sentirlo, para nombrarlo), necesidad real de espacios tranquilos y de pocos vínculos, pero profundos.
Nada de esto era nuevo para mí. Lo nuevo fue tener el papel que lo confirmara. Porque dejo de sentirme un bicho raro y los cuestionamientos externos dejan de hacer mella. Porque todo tiene su trasfondo y razón de ser.
Y leyendo el informe, entendí un montón de cosas de mi infancia que hasta ahora tenía guardadas en la carpeta de "así soy yo, ya está". El niño callado que no se acercaba espontáneamente a nadie. El que en el colegio prefería quedarse en su mundo antes que forzar una charla que no le interesaba. El que sufrió bullying por ser maricón y aprendió, como estrategia de supervivencia, a no llamar la atención. A pasar desapercibido. A leer el ambiente y adaptarme antes de que alguien pudiera volver a señalarme.
Ahí entendí también lo del camuflaje o enmascaramiento. Llevo toda la vida haciéndolo sin saber que tenía nombre técnico: adaptarme, sostener una versión de mí que funciona socialmente, aunque por dentro el ruido, la gente, la sobre-estimulación me estén desbordando. Y esto tiene un costo altísimo. Porque sostener ese personaje todo el día te deja el tanque vacío para cuando llegás a tu casa.
No es timidez. No es que sea "raro" o "intenso" porque sí. Es que proceso el mundo distinto, y durante años gasté una energía brutal en disimularlo.
Otra cosa que aparece ahí, con nombre y apellido, es la dificultad para identificar mis propias emociones en el momento en que las siento: alexitimia.
Puedo entender perfecto lo que le pasa al otro. Lo mío me cuesta más, necesito tiempo, distancia, para ponerlo en palabras después. De hecho, cuando tengo conversaciones profundas sobre lo emocional, tiendo a hacer demasiadas pausas y silencios porque necesito procesar lo físico para darle forma a través de la palabra. No se me hace fácil poner lo emocional en su lugar…
Y esto también explica algo de mi vínculo con mi vieja: una relación donde nunca terminamos de entendernos del todo, donde el afecto estuvo, pero la traducción emocional entre nosotros dos siempre fue difícil. Y con mi viejo directamente no hubo traducción posible; se fue cuando yo tenía cinco años y ahí quedó, un signo de pregunta que hoy, con esto en la mano, también empiezo a leer distinto: quizás él cargaba algo parecido y nunca tuvo ni la más mínima herramienta para gestionarlo.
No te cuento todo esto pretendiendo que un diagnóstico que me defina la vida entera, ni para que sientas lástima. Te lo cuento porque entender esto me sacó una culpa que venía cargando hace rato: la de no bancarme más el trabajo de cara al público, el ruido, la exposición constante, la sonrisa fingida en el mostrador. No era "no aguanto nada".
Era mi sistema nervioso pidiendo, a gritos y desde hace años, otro tipo de vida.
Por eso me ausenté. Necesitaba tener claridad sobre mí y desde dónde me estaba vinculando con el mundo. Hoy, con esta información en mano, me puedo parar más firme.
Y no solo claridad. También tengo un cagaso patrio. Porque rompí una estructura y un paradigma. No tengo trabajo y no tengo consultantes de manera estable. Esto está en su fase inicial y la incertidumbre podría hacer estragos.
Pero más estragos estaba haciendo la situación en general a mi salud mental. Di el salto y me estoy animando a crear la vida que quiero. No tengo ayuda, no tengo un colchón económico ni ingresos prácticamente.
Y no, no voy a caer con discursos de “Conviérte en tu propio jefe”, lejos de esos especímenes estoy.
Voy a todo o nada. Lo único que hay son deudas, incertidumbre y unas tremendas ganas de vivir de lo mío.
Me la estoy jugando TODA. Y lo estoy haciendo lleno de miedos porque soy una persona que necesita estructuras pero decidí soltar el control y dejar que la vida fluya y me sorprenda.
Más me cierra porque a principio de año fui a una sesión de registros akáshicos a vidas pasadas con Roxy…
Hacete un favor y agendate una sesión con ella. Porque es tremenda la data y el amor con el que trabaja.
—¡Sí!, ya sé como suena, pero fue así, no me vengan con el escepticismo que ya lo tengo yo incorporado de fábrica.—
En fin, Roxy me dijo que iba a tomar decisiones y dejar el trabajo de una forma que no era la estructurada, la que yo me había imaginado siempre: hacer el caminito, sostener trabajo y profesión en paralelo, y recién soltar cuando los números cerraran.
Llegué a un punto sin retorno. No hay consultantes, no hay estabilidad y tampoco hay resto de energía para sostener una vida que ya no resuena, no me llena ni me hace bien.
El cuerpo me dijo basta, la mente me dijo basta. Y el universo también. Porque la única certeza que encontré en estos últimos 6 meses es que no podía seguir así.
Sostener situaciones intermedias a veces es lo que nos lleva al colapso o a sentir que nada avanza, que nada nos sale bien o que los resultados no llegan. Hagas lo que hagas.
Hace 6 años casi que estoy tratando de vivir de lo mío. Y si no era porque me mudaba de ciudad o no me encontraba estable a nivel emocional para acompañar a otros, era porque tenía miedo de perder un sueldo. Pero me di cuenta que estaba perdiendo algo más importante: mi energía, mis ganas de vivir, mi brillo.
Porque si hay algo que cuesta es hacerse cargo de lo que uno desea. Hacerlo da miedo y te enfrenta inevitablemente a todo lo que sos, expone las herramientas que tenés y las que faltan. Te deja en pelotas y vulnerable ante la vida.
La única certeza que hoy tengo es que ya no hay tiempo para indecisiones. Ya no hay tiempo para seguir pensando. Es hora de echarle pecho, cojones, y pa’lante.
No hay plan B, ni plan A. En realidad, ni siquiera hay plan.
Lo único que hay es el vértigo de saltar al vacío sin paracaídas ni red y la certeza ciega de “El loco” de que todo fluirá. Y fluirá para bien.
Si leíste esto y querés darme unas palabras de aliento, serán más que bienvenidas. 😄
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