psicología

Un mes después...

Hay cosas que no se lloran cuando corresponde. O incluso que no se lloren nunca. No porque no duelan, sino porque algunas despedidas pueden ser tan repentinas que no te dan tiempo ni a reaccionar...

Diario De Un Reikista Medicado 10 mayo 2026 2 min read

Tenía el móvil sin clave. Trabajaba, tenía DNI, cuatro hermanos, dos hijos y varios amigos. No era alguien que estuviera solo ni mucho menos un indocumentado.

25 de diciembre de 2019. Volvía de la casa de mis, ahora, ex suegros después de festejar navidad. Me estaba por entrar a duchar, ya desnudo, cuando me llamó mi madre.

—Murió tu papá— me dijo.


Me fui a negro.

Cerré la ducha. Salí corriendo a la habitación y me volví a vestir con la misma ropa. Salí al pasillo como con urgencia pero sin saber a dónde ir ni qué estaba buscando. Como si alguna respuesta fuera a aparecer en algún lugar de la casa.

Tenía la sensación de estar mareado. Como si me hubiera golpeado la cabeza. Fui a la cocina, donde estaba mi pareja, y no recuerdo más. Estábamos por cenar y yo entumecido. Creo que ni me duché al final.

Un segundo duelo para la misma persona…

¿Tan cansado de vivir estabas?

¿Cuánto dolor tenías adentro?

¿Por qué no decidiste tratarte?

¿Estarías vivo hoy si hubieras tomado otra decisión?

No lloré mucho. Y a siete años de esto, no recuerdo haber vuelto a llorarlo.

Un mes antes lo habían encontrado muerto en el baño del lugar que alquilaba. Una pensión. Murió de un cáncer que decidió no tratar. La policía y la fiscalía no avisaron a nadie.

Su intermitencia era normal. Aparecía y desaparecía. Era normal que dejara de responder mensajes. Las alarmas saltaron cuando pasaron varios días sin noticias.

Por cosas del destino, los dueños de la pensión eran conocidos de la adolescencia de mi vieja. Así se enteró ella. Un mes después. Cuando la llamaron para darle el pésame. Si no, quizás jamás me hubiera enterado de su muerte.



Lo sacaron del hotel con un nombre. Lo subieron a la ambulancia con otro. Lo ingresaron a la morgue con un tercero. Lo desaparecieron, básicamente. Se quedaron con sus pertenencias y su dinero ahorrado, quitándonos la posibilidad de despedirnos.

Macabro es poco.

Presente o no, era mi padre. Y ya no había posibilidad de hacerle preguntas, ni de volver a reconocerme en él. Se fue. Y con él se fueron respuestas, enojos y parte de su historia que me hubiera gustado entender mejor.

Sentí respeto. Respeto porque decidió morir tal cual vivió: solo y aislado. No es algo que me corresponda cuestionar.

Sentí enojo. Porque la fiscal me quitó la posibilidad de elegir si quería despedirme o no.

Y sentí algo que todavía no sé bien cómo nombrar: La de quedar huérfano de alguien que nunca estuvo del todo.


¿Cómo se despide uno sin un cuerpo?, ¿Cómo se avanza en la vida sabiendo que hay respuestas que se fueron a la tumba con vos?, ¿Es posible hacerlo?

¿Y qué hago con la impotencia que sentí al ver a mi hermana llorar porque la fiscal nos trató de malos hijos por no haber aparecido a tiempo?, ¿esa mujer hoy dormirá tranquila? —Espero que no—.

Porque ir al almacén judicial a retirar la mitad de sus pertenencias sin haber despedido un cuerpo no es para nada grato.

Una vida que queda reducida a un móvil, un DNI y algo de ropa.

¿Y tu vida?, ¿Tus recuerdos?, ¿Dónde quedó tu vida?, ¿Quién te mantiene vivo en sus recuerdos?

Con las ganas que me quedé de saber de tu infancia, tus años en Canadá o si alguna vez te arrepentiste de haberte ido así, sin previo aviso. ¡Quién sabe de qué estarías huyendo!

¿Cómo le explico todo esto a mi Lisandro de cinco años?


¿A vos también te quedó algún duelo sin funeral?

No tiene que ser una muerte. Puede ser una persona que sigue viva y ya no forma parte de tu vida o una versión de vos que quedó en el camino.

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