Toqué fondo y fue lo mejor que me pasó...
La espiritualidad por sí sola no me salvó. Me salvó rendirme y ser honesto conmigo mismo.
Hay una versión de mí que vivió durante años en los extremos. Todo o nada. Adentro hasta ahogarme o afuera hasta desaparecer. Sin término medio porque el término medio me parecía insuficiente — o peor, aburrido.
Y los extremos tienen algo de seductor. Te hacen sentir que estás vivo. Que sentís mucho, que vas hasta el fondo de las cosas, que no te quedás en la superficie como los demás.
Hasta que el fondo deja de ser metáfora.
El mío llegó con pecho cerrado, puños apretados y la mandíbula tan tensa que me dolían los dientes.
Llegó en el metro de vuelta de un trabajo que me consumía sin devolverme nada. Llegó con una señora desconocida que me preguntó si estaba bien. Y con el reflejo automático de decir que sí.
El llanto esperó hasta salir a la calle.
Eso fue en diciembre del 2025. Cuarto o quinto ataque de pánico — perdí la cuenta.
Y en ese momento entendí que sonreír y seguir moviéndome no era resiliencia. Era disociación con mejor prensa.
Sostenía algo que no me permitía salir a flote...
— Porque hay una diferencia enorme entre no rendirse y no parar. Yo confundí las dos durante mucho tiempo.—
Lo que tardé en ver — y el Reiki me ayudó a bajar al cuerpo antes de que la cabeza lo procesara — es que la ansiedad nunca fue solo ansiedad. Era el síntoma de algo más viejo. Una herida que se activaba con casi cualquier cosa: una llamada que tardaba, un plan que se cancelaba, la sensación de ocupar demasiado espacio o muy poco.
Y cuando lo entendés en el cuerpo, no solo en la cabeza, algo se mueve. No desaparece. Pero ya no gobierna igual.
La cabeza puede racionalizar un patrón durante años sin que eso mueva nada. El cuerpo, en cambio, cuando entiende algo, te lo comunica de manera vertical. Una ficha que baja desde la frente al pecho. Sin aviso, en el peor momento posible.
Así funciona. Y así fue.
Cuando sentí que el cuerpo me dijo “basta”, medicarme fue el primer gesto real de no abandonarme.
No la salida fácil. No la solución mágica. El andamio. La estructura mínima para que el resto pudiera empezar a construirse sin que todo colapsara cada vez.
Hay gente que opina sobre esto. Gente que nunca tuvo que negociar con su propio cerebro para levantarse de la cama. Gente que cree que con respiración, con actitud, con constelar o biodescodificar alcanza.
Te lo digo yo, que trabajo con Reiki y Tarot: no alcanza. La salud mental es bastante más compleja. Y decirle cobarde a alguien que está en el piso es de las cosas más crueles que existen.
Plantar bandera no es cobardía. A veces es el único acto honesto disponible.
Sentirse menos solo es, a veces, todo lo que uno necesita para seguir.
Hoy estoy en baja psiquiátrica. Transitando el quinto mes. Proceso lento, días mejores y peores, sin promesas de transformaciones dramáticas.
Lo que sí tengo es más claridad sobre con qué demonio estoy tratando. Y eso — solo eso — modifica la calidad de las decisiones.
No las hace perfectas. Las hace más honestas.
El derrumbe, cuando lo podés mirar de frente, tiene algo para agradecer. No el dolor, sino lo que el dolor me obligó a ver.
Porque a veces la única manera de dejar de huir es llegar al fondo y quedarse ahí un rato. Sin sonreír para afuera. Sin moverse para demostrar algo.
Solo estar. Habitar
Y desde ahí, con más calma que velocidad, empezar a elegir distinto.
Si este texto te resonó y sentís que puedo acompañar tu proceso de cerca — las sesiones, los textos, todo lo que va surgiendo — anotate en la lista de espera. Ahora mismo no estoy atendiendo pero cuando haya lugar, serás el primero/a.
Un abrazo,
Li. ✌🏼