reiki

Soy reikista y estoy medicado. Esto es lo que pasó.

Este espacio se llama así por algo. Soy Reikista y estoy medicado, en tratamiento psiquiátrico. Ya de fábrica vine con una base ansiógena. Con esto ya hice las paces.

Diario De Un Reikista Medicado 06 abril 2026 4 min read

Pero con lo que no hice, ni haré las paces es con la idea de seguir trabajando en un lugar que me absorbe y aliena.

Esto puede que sea un decreto o un manifiesto. — ¡Ojalá que sí!

Estamos en 2026 y tengo 39 años. Me di cuenta de lo que quería hacer en mi vida hace 6 años. O sea, sobre mis 33, 34 años.

Acá fue donde empezó todo. Porque una vez que supe esto, ya supe también que no podía seguir más donde estoy. Pero como tomar decisiones impulsivas es lo que me caracteriza (y no me arrepiento — aunque a veces sí —) todo el proceso se ha visto ralentizado.

— ¿Qué proceso? — Te estarás preguntando…

El proceso de construir lo que me permita vivir de lo que amo: ayudar a otros. Y dejar por fin el trabajo en relación de dependencia.

Esto, sumado a un proceso enorme más íntimo, muy relacionado a mi historia personal, me detonaron ataques de ansiedad en distintas etapas de mi vida. — En esto haré doble click en otro momento…

Hará cosa de 3 años fue cuando empezaron — ¡Te invito a mi primer ataque de pánico en mi puesto de trabajo!

Voy por el 4to o 5to. No llevo la cuenta, la verdad. Pero todos han sido un horror de experiencia.

Pecho cerrado, llanto, disociar y caminar de un lado a otro como animal enjaulado apretando los puños hasta lastimarme las palmas con las uñas. Quedar exhausto después del episodio y con miedo a que se vuelva a repetir. — ¡Una maravilla de experiencia!

El último fue en diciembre del 2025. — ¡y dije basta!


Esto no es un newsletter de bienestar. Es más bien el diario de alguien que practica, tropieza y sigue igual. Si eso te suena familiar, quedate. Prometido que no hago spam. 🙂‍↔️


Recuerdo volver del trabajo (trabajo en tienda porque todavía no logro vivir de esto al 100% y hay que comer calentito), exhausto después del ataque y con el llanto contenido. Todavía me acuerdo de la señora que, en el metro, me preguntó si estaba bien. Y le mentí, obvio. Pero le agradecí con el corazón.

Y saliendo del metro, de camino a casa, romper en llanto mientras hablaba con mi psicóloga que me llamó para contenerme. — No puedo más. No quiero más esto. — le decía.

Con el tiempo le sumamos agorafobia: ir en metro es una tortura. Y ni hablar de la irritabilidad o el miedo irracional de viajar y tener que ponerme al lado de la puerta porque tengo miedo a no poder bajarme en la estación correcta.

Y cuando consigo salir, si voy acompañado, la pregunta siempre es — ¿Por qué caminás tan rápido? — Porque, Mabel, no te imaginás lo que necesito de salir de acá. Necesito aire. Necesito espacio

Gritos, bullicio y cualquier ruido fuerte repentino me alcanza para que me suban las pulsaciones.

¿Problemas para dormir?, ¿apatía?, ¿desmotivación?, ¿no querer levantarme de la cama?

— ¡Lo tengo todo!

Pero no dejemos afuera las pocas o nulas ganas de socializar. Y si lo hago, que sea en grupos reducidos donde puedo tener la sensación de que controlo algo y así no me saturo con 2 o 3 conversaciones simultáneas en tonos elevados.

Hacer un plan puede que requiera de mí un esfuerzo severo de voluntad. Porque quiero, pero después no puedo.

O de la falta de constancia para ir a entrenar, e incluso, meditar y darme Reiki.

Me desconecté absolutamente de todo. Me perdí a mí mismo. Y lo único que me ayudó y está ayudando a volver a mí, es la medicación.

Llegué a mi límite.

Voy cursando el cuarto mes de baja y está siendo un proceso lento. Necesitaba frenar.

Porque, ¿Qué pasa cuando lo único que nos da paz es la medicación?

Me medico porque necesito apagar un poco la cabeza. Porque si no me medico siento todo MUY profundamente. A niveles paralizantes incluso…

Todavía recuerdo la primera semana de tratamiento. Levantarme y no tener la actividad mental que tenía antes. Que encima es cíclico. Lo mental alimenta la sintomatología física, y lo físico empeora lo mental. Era de nunca acabar…

¿Qué pasa cuando lo que duele gobernó todo tu ser y no hay forma de aquietar la mente?

Para muchos puede que sea un cobarde por buscar la solución en la pastilla.

Pero no. La peleo como todos, solo que con muchas voces en la cabeza.

Y qué pasa si no encuentro otra salida?

O ¿qué pasa cuando lo único que necesito es un beso en la frente o que me tomen de la mano y del otro lado no lo encuentro?

La sensación de soledad frente a la salud mental es agotadora en sí misma. No se habla demasiado de esto. Hay mucho estigma. Y puede que sea interpretado como contradictorio, que alguien que trabaja con Reiki sea paciente psiquiátrico también.

— Bienvenida la contradicción entonces. Porque en la fricción con la vida es donde está el crecimiento. Y a atravesar procesos nunca tuve miedo. Y este es mi diferencial como persona que acompaña a otros. Porque no tengo miedo a mostrarme vulnerable ni tengo la necesidad de ponerme en un lugar que no sea genuino.

Como tampoco voy a montar un personaje de ser de luz ascendido cuando vengas a terapia o a formarte conmigo. Nadie tiene todas las respuestas. Y si te cruzás con un terapeuta que crea que sí, ¡salí corriendo de ahí!

He escuchado decir que la medicación es la salida fácil. Y creo que fue de las opiniones más cobardes, sesgadas y reduccionistas que escuché en mi vida.

— ¿Cómo le podés decir eso a una persona que a duras penas se levanta de la cama?

La salud mental no se resuelve constelando, tirándose las cartas o haciendo biodescodificación. Y te lo está diciendo alguien que trabaja con Reiki y Tarot, entre otras cosas…

La salud mental es mucho más compleja. Porque el ser humano es complejo. Y los contextos son complejos. A veces uno no tiene la fortaleza ni la entereza para asumir, sin estar preparados o sin tener cierto grado de calma, todo eso que nos hace revivir el trauma.

Para empezar a ordenar las cosas, es necesario tener la cabeza despejada.

Por eso, decidí empezar a medicarme. Cuando sentí que no podía más. Al punto de somatizar físicamente.

Medicarme es poder volver a mi eje para seguir dando lo mejor de mí en mis terapias, en mis vínculos y por sobre todo, a mí mismo.

Y está siendo un camino lento. Tengo días mejores y peores. Días que no quiero salir de la cama y días que pareciera que me puedo comer el mundo…

Y entiendo que nada es acontecimental. Y todo forma parte del proceso. Porque ganas de vivir no me faltaron nunca, aunque a veces la angustia me llevó a cuestionarme el para qué…

Medicarme fue una decisión personal. Pero también política y soberana. Porque si hay algo que nadie ni ningún contexto me podrá quitar, son mis ganas de evolucionar.

Porque antes que nada, sé que soy un guerrero. Y que medicarme no me hace peor terapeuta… Me hace más humano.


Si llegaste hasta acá es porque algo de esto te resonó.

¿Te pasó algo parecido? ¿Conocés a alguien que esté en este lugar ahora mismo?

Dejame un comentario o mandáselo a esa persona. A veces lo que más necesitamos es saber que no estamos solos en esto.


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