Donde el corazón te lleve
“Sé que los muertos pesan, no tanto por la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no se ha dicho.”
Es una frase que marqué leyendo a Susanna Tamaro, en su libro “Donde el corazón te lleve”
Y esto me llevó a reflexionar sobre este vacío que queda en lo no dicho…
¿Qué pasa con lo que no pudimos decir, lo que no pudimos preguntar?, ¿Van a algún lugar?, ¿Se queda adentro de uno?
No soy de los que recuerden haber soñado por la noche. Pero hoy me levanté recordando haber soñado con una de mis abuelas. Y no creo que haya sido casualidad haber elegido esta frase hoy para sentarme a escribir.
En el sueño también apareció mi viejo. Madre e hijo.
Ambos ya no están en este plano y con ambos han quedado cosas por decir. O mejor dicho, por preguntar…
Esto no es un newsletter de bienestar. Es más bien el diario de alguien que practica, tropieza y sigue igual. Si eso te suena familiar, quedate. Prometido que no hago spam. 🙂↔️
A veces la curiosidad o la sabiduría del soltar llegan tarde. Llegan cuando ya no hay a quien recurrir por respuestas que puedan ser de ayuda para entender de dónde venís y por qué se han tomado las decisiones que se tomaron.
Si hoy estuvieran vivos, creo que sería más fácil armar una narrativa de mi propia historia que sea más amorosa y con más entendimiento; la cual me permita a mí, armar el rompecabezas sin tantas piezas perdidas.
Tu partida fue la primera pérdida que sufrí. Yo tendría 23 o 24 años.
Mi primer duelo no fue como lo esperaba. Hacía 10 años que no nos veíamos y nunca entendí por qué.
Recuerdo ir a la psicóloga y plantear mi inquietud: — Me quiero sentir triste, pero no puedo — le decía a mi terapeuta. Hasta intenté forzar el dolor o el llanto. Pero no hubo caso.
Después entendí que la ausencia ya estaba. Sería crudo pensarlo así, pero si hacía 10 años que no te veía y no lo padecía… ¿Por qué me haría el mártir ahora que ya no estás más?
Y recuerdo salir de la sesión de terapia desorientado y con una pregunta que me hizo mi analista atravesada en la garganta: ¿No será que a mi abuela, la superaba la vergüenza o culpa por lo que hizo su hijo, por habernos dado un padre roto?
— ¿No pudiste estar más presente en mi vida por las decisiones que tomó tu hijo?, ¿te daba vergüenza ajena que se haya ido tan lejos sin necesidad aparente?
Da igual preguntarse estas cosas ahora. Da igual porque nunca tendré certezas. Solo me queda convivir con la duda y, como pueda, honrar tu historia.
Y quiero hacerlo porque nunca tuve dudas de tu amor por nosotros. Por mi hermana y por mí. De hecho, gracias a vos, tuvimos a Ana en nuestras vidas. Quien fue una segunda madre para mí.
Tampoco tuve dudas de tu amor. Nunca. Porque siempre nos recibiste con el corazón en la mano en tu casa, todos los fines de semana del verano, hasta que fuimos adolescentes.
— Era un planazo ir a pasar los findes con vos.
Tu pan con manteca y azúcar y el mate cocido de desayuno. El helado en la pileta a la hora de la siesta. Tu cervecita y tu cigarro. Y tus uñas siempre hechas y naturales. Aunque a veces descascaradas, como la vida misma.
En fin, no sé qué tanto hoy vale la pena buscar respuestas que nunca llegarán, si me enseñaste todo sobre la humildad y que lo bueno de la vida está en los detalles: sentarnos en la vereda a comer pipas, treparme al árbol de la puerta de tu casa, buscar renacuajos en las zanjas o jugar con mis primos hasta entrada la noche en las calles de tierra.
— Cecilia, abuela, ¿Qué pasó?, ¿Qué sueños tenías cuando eras chica?, ¿en qué momento se desvió todo?, ¿Qué deudas tuvo la vida para con vos?, ¿Tuviste algún momento de felicidad? — ¡No sabés cuánto deseo que sí!
Si pudiera hacerte preguntas, serían estas porque ya no tiene sentido revolver. Incluso aún, si estuvieras de este lado.
— Cecilia, abuela, me regalaste partes de una infancia que nunca olvidaré. Y esa es la mayor (y mejor) respuesta que pude haber tenido…
A veces nos empecinamos tanto con las preguntas que no podemos ver que ya tenemos todas las respuestas delante nuestro.
Gracias por llegar hasta acá. Si este texto te resonó o te trajo alguna pregunta, me encantaría leerte en los comentarios. Construir comunidad en el intercambio es lo que le da sentido a este espacio.
“Diario de un Reikista Medicado” es gratis. Pero si sentís que estos textos te aportan algo y querés hacérmelo saber, podés suscribirte para recibir mis textos en tu correo. No se te cobrará nada, es solo una forma de decirme: “Li, seguí escribiendo que acá hay alguien del otro lado”.
Y si sentís que es momento de profundizar en tu propio proceso, ordenar el caos o simplemente regalarte un espacio de silencio y claridad, te espero en mis consultas:
- Tarot Evolutivo: Una mirada profunda para entender tu presente, no para adivinar el futuro.
- Reiki: Sesiones para darle a tu sistema nervioso la pausa que necesita para repararse.
Podés consultar disponibilidad, valores y reservar tu sesión directamente en mi web:
Nos leemos la próxima.
Un abrazo,
Li. ✌️